A finales del siglo XVIII, por los pasillos de las universidades europeas, debió ser frecuente encontrar grupos de asombrados alumnos y profesores hablando de la electricidad. En concreto, de los resultados de experimentos que, con animales y, los más osados, con cadáveres humanos, iban siendo comunicados a la comunidad científica del momento.

Luigi Galvani había causado fascinación con su atrevida teoría según la cual el cerebro de los animales producía electricidad, que transferida por los nervios, y acumulada en los músculos, era disparada para producir el movimiento de los miembros. Sus exhibiciones públicas aplicando corrientes a la médula de una rana disecada, y mostrando su movimiento en respuesta, debieron causar furor.

Galvani OSTEON Alaquas Carlos Lopez Cubas

El anhelo, consecuente de ello, de sanar miembros paralizados y, por qué no, reanimar cuerpos sin vida, no se hizo esperar.

La universidad de Glasgow, allá por 1818, pudo presenciar una exhibición representativa de esta ansia por devolver la vida. El doctor escocés Andrew Ure aprovechó el fácil acceso a cadáveres recientes, en concreto de un recién ajusticiados en la horca (algo al parecer bastante habitual en la época), y en un auditorio popular nutrido de expectación, le aplicó una descarga al nervio frénico y el diafragma. Debió ser el momento de los Oooooh, por parte de maravillados universitarios admirando los movimientos respiratorios como muestra irrefutable de la reanimación. Andrew debió pensar que, teniéndolos a todos en el bote, podía permitirse jugársela,… y el buen hombre la lió y gorda. Aplicó corriente al nervio supraorbital, cerrando el circuito en el talón, y las más grotescas muecas, conforme el susodicho Ure daba vueltas a la “ruletita” del voltaje, contorsionaron el semblante del rematado asesino, horrorizando a más de uno… y provocando el cese de los Ooooooh.

Every muscle of the body was immediately agitated with convulsive movements resembling a violent shuddering from cold. … On moving the second rod from hip to heel, the knee being previousy bent, the leg was thrown out with such violence as nearly to overturn one of the assistants, who in vain tried to prevent its extension. The body was also made to perform the movements of breathing by stimulating the phrenic nerve and the diaphragm. When the supraorbital nerve was excited ‘every muscle in his countenance was simultaneously thrown into fearful action; rage, horror, despair, anguish, and ghastly smiles, united their hideous expressions in the murderer’s face, surpassing far the wildest representations of Fuseli or a Kean. At this period several of the spectators were forced to leave the apartment from terror or sickness, and one gentleman fainted.’1

Posiblemente, un par de años antes, Mary Shelley había visualizado, en alguna oscura estancia de su castillo en Suiza, algo así. Fruto de ello, del eléctrico afán y de su romántica imaginación, la autora aportó a la humanidad su tremenda obra Frankestein.

frankenstein

Actualmente, la teoría de un fluido eléctrico nervioso emergiendo del cerebro, recorriendo nervios y acumulándose en los músculos, carece de aceptación. Pero no por ello debemos despreciar la aportación de Galvani y sus contemporáneos, pensando que el desfibrilador cardíaco, los aparatitos de electroestimulación, la electroneurografía, y todos esos cacharritos con la electricidad y la biología como exponentes comunes, mantienen una deuda con estos genios.