Había una vez, allá por la zona lumbar del cuerpo de un varón de unos 38 años y 76 kg, un disco intervertebral.

Este disco vivía feliz y contento, cumpliendo sus tareas cotidianas de deformación cuando el buen varón, ciertamente no tan a menudo como hubiese sido deseable, decidía poner en movimiento su aguerrido cuerpo.

El disco había aprendido, desde ya hacía tiempo, cómo contener ese gelatinoso relleno que de forma tan juguetona e inquieta permanecía en su interior. Su potente cobertura externa, formada por capas organizadas con armonía a su alrededor, y por un buen suelo forrado de cartílago sobre el sacro, y un techo similar que compartía con la dinámica vértebra que como vecina de arriba conocía desde siempre, como digo, esta fuerte cobertura, le resultaba suficiente para poner en vereda a ese blandengue núcleo en sus adentros.

Todo iba bien, sobre todo en aquellos días en que el varón decidía rehusar el uso de esa máquina de cuatro ruedas que con tanta vibración le transportaba de un sitio a otro.

Hasta que un día, el disco intervertebral comenzó a encontrarse mal. Al principio pensó que no debía tratarse de algo importante, y aprovechando que los cotillas que constantemente se chivaban al jefe (sí, al de más arriba, el que todo lo sabe), únicamente habían ubicado sus puestos de vigilancia en las capas mas externas de su armazón, consiguió disimular y escurrir el bulto.

Nunca mejor dicho, porque algo como un bulto parecía escurrirse, desplazarse cual meandro, de su interior hacia la periferia. Una esquivadiza humedad que, día tras día, importunaba cada vez más sus quehaceres, y que se acrecentaba sin freno.

Un buen día, después de horas de vibración en aquella máquina transportante, uno de los más espabilados cotillas, advirtió como entraba un extraño y grumoso gel por debajo de la puerta de su caseta, y sin dudarlo cogió la bocina y la hizo sonar, consumido por el pánico y el frenesí. En poco tiempo consiguió que todos sus compañeros vigilantes se pusieran a husmear, y aquellos que encontraron aquella babosa sustancia, se unieron a la algarabía de bocinazos.

Tanto cachondeo finalmente llamó la atención del jefe, el máximo controlador, que tras valorar la situación decidió elaborar una percepción de dolor, que proyectó en el área lumbar para que el varón se enterara de que algo no iba bien y dejara de menear la zona.

Tal como enviaba esa construcción de dolor a la consciencia, reunió a sus entrañables compañeros de la guarda inmune, y les pidió que bajaran a echar un vistazo por allí e hicieran lo que fuera necesario para arreglar el asunto.

Difícilmente podía en ese momento el jefe predecir las consecuencias de aquella orden, como no podía saber que dentro de aquel egocéntrico y racista grupo policial no escaseaban los ignorantes, los esbirros, y más de un corrupto.

De hecho, lo primero que sucedió con su llegada, fue un autentico desastre. Obligaron a los vigilantes a estar atentos al límite, a prestar tal excesiva atención que, ni siquiera las minucias que acontecían por allí y que desde hacía años habían aprendido a ignorar por resultar inofensivas, pasaron a considerarse amenazas. Su llegada puso al rojo vivo al personal, inflamó de tal forma el ambiente, que los bocinazos se convirtieron en un incesante tormento.

Tanto ruido colapsó las vías por las que subía la información de tal forma, que pronto se declararon insuficientes, y se tomaron prestadas otros caminos vecinos que para nada habían anteriormente albergado informes provenientes, no solo del disco, sino de la zona lumbar. Carreteras por las que hasta ese momento circulaban los estímulos nacidos en los muslos, fueron incautadas sin aviso ni respeto.

El jefe, ante tal entrada de pitidos y bocinazos, incapaz de discernir su origen, creyó inteligente aumentar el volumen de la percepción de dolor, y pasar a proyectarla a los muslos, desagradable sensación que, ahora sí, empezó a preocupar al varón.

Carlos Lopez Cubas OSTEON Alaquas Centro de Fisioterapia

Y hasta aquí llega la historia, o al menos la parte de ella que acompaña a nuestro varón en su discopatía, pasando por una disrupción discal interna, que evoluciona hasta manifestarse con un dolor lumbar, y posteriormente un dolor referido somático en miembros inferiores. Próximamente, veremos si el disco intervertebral resulta capaz de restaurar la situación, o acaba claudicando y dejando prolapsar su núcleo, en el cuadro conocido como hernia discal.