La descripción del dolor que un paciente nos ofrece no solo nos aporta información que nos permite reconocer un cuadro clínico. Los descriptores que utiliza pueden actuar, además, como un input capaz de activar la neuromatriz del dolor al activar memorias, pensamientos, emociones…

Por tanto, los vocablos que escuchamos pueden suponer mucho más que una manera de expresarse. Puesto que las neuromatrices son específicas e individuales en base a nuestra cultura, aprendizajes, experiencias previas, modulaciones, distracciones… los descriptores utilizados también tendrán un significado diferente para cada individuo. Me atrevería a decir que incluso para un mismo individuo en diferentes momentos o contextos.

Parece que los descriptores individualizados (los que cada paciente usa de manera espontánea) pueden ayudar a comunicar una experiencia dolorosa con mayor precisión. A cambio, también pueden ayudar a sensibilizar la neuromatriz y facilitar la perpetuación del dolor. Un aspecto clave en estos aspectos es la relevancia y atención que se presta a este descriptor. A este respecto, parece que la hipervigilancia o el aumento de atención ante determinadas palabras sólo aparece en pacientes con miedo a una alta intensidad de dolor.

En definitiva, las palabras o pensamientos, acciones y cualquier forma de expresión, tanto por parte del paciente como del terapeuta puede ayudar a activar o modular la respuesta dolorosa. Por otra parte, el lenguaje utilizado tiene un significado personal único, por lo que puede actuar como activador en algunas situaciones/personas, y como modulador en otras.

Por tanto se antoja imprescindible primero el reconocimiento del cuadro clínico, del efecto que las expresiones del paciente tiene sobre su propia sintomatología y, por último, de la información que éste necesita y del modo en que debe proporcionarse para conseguir un efecto terapéutico a través de la educación.

 

Wilson D, Williams M, Butler D. Language and the pain experience. Physiother Res Int. Mar 1 2009;14(1):56-65