Esta entrada contiene el testimonio de una persona muy especial, que ha querido compartir su experiencia para intentar ayudar a otros a entender, desde la más íntima profundidad de sus reflexiones y sentimientos, la vida con un dolor injustificado como compañero. Mi más sincero agradecimiento.

 

‘DOLOR’, según la Real Academia Española (RAE), tiene el siguiente significado: “Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”. Evidentemente la RAE tiene otras cosas de las que preocuparse, pero existimos muchas personas que sabemos que, desgraciadamente, ‘DOLOR’ significa mucho más: sufrimiento desmesurado, destructivo e incapacitante; condición ligada a la imposibilidad de dormir, el desequilibrio emocional, la inestabilidad nerviosa y la suficiencia para provocar enfermedades paralelas; limitación que impide el desarrollo personal, profesional y afectivo; perdición para la persona que lo padece y para aquellos que le rodean; etc. En ese ‘etc.’ caben tantas cosas como conforman la vida de cualquier persona y que, a causa del dolor, se desmoronan ante unos ojos enrojecidos por el llanto y el cansancio. En una de tantas noches de insomnio y tormento, el desespero me llevó a escribir esto:

 

Duele,

porque arranca mis entrañas.

Duele,

porque nubla mi mirada.

Duele,

porque deja sin aliento.

Duele,

porque rompe mi universo.

Duele,

porque todo se hace incierto.

Duele,

cada paso, cada intento,

cada risa, cada beso,

cada día, cada verso,

cada instante, cada sueño.

 

Aún así, considero que nada es suficiente para definir semejante estado de perdición en el que una madre deja de asomarse a la ventana para evitar ver como su hijo, en lugar de irse con su típico talante airoso a desempeñar sus quehaceres, pasa a ir arrastrándose en cada intento de avanzar en una calle compuesta por infinitos metros de tortura; un estado en el que una novia deja de escuchar muestras de cariño para oír gritos y quejidos, recordando que la cara que ahora le mira deformada por el sufrimiento antes le miraba derrochando afecto y vitalidad; un estado en el que la persona que soporta el dolor deja de vivir para hacer ‘como que vive’, disimula haciendo creer que ‘está ahí’ para no dejarse arrastrar por la desgarradora necesidad de encerrarse en casa sin salir, sin dejar de gritar, sin parar de llorar, agarrándose a un bloque de hielo que alivia minúsculos grados de dolor mientras le quema la piel de tanto apretar.

 

Mi caso particular tiene que ver con una ‘lesión de pie’, sin un origen determinado, que desembocó en un problema de dolor crónico HIPER INTENSO con una evolución de cuatro años… sí, ¡CUATRO AÑOS! A mí también me parece imposible que un cuerpo humano pueda aguantar tanto sufrimiento durante tanto tiempo… En todo ese periodo, como os habrá sucedido a muchos de vosotros, acudí a innumerables consultas de ‘médicos’ y ‘grandes profesionales’ que, en el mejor de los casos, me sometieron a tratamientos que nunca funcionaron, me recetaron fármacos en cantidades industriales o me decían frases tan célebres como “no puedo hacer nada por usted” o “no sé cómo ayudarle”. Pero también experimenté casos peores porque se me llegó a decir que “iba a perder el pie”, que “nunca más conseguiría andar”, que “tendría que utilizar muletas o silla de ruedas para toda la vida”, o incluso que “habría que reconstruirme el pie por completo”. Aunque también puedo mencionar esas otras ocasiones en las que, preso de la desesperación, me dispuse a conseguir dinero como fuera para visitar a ‘los mejores especialistas’ (privados, claro…) y, con ello, llegar a gastarme 350€ en una consulta de 20 minutos e incluso… ¡ATENCIÓN!… 6.000€ en una operación; ocasiones en las que, evidentemente, mi posible recuperación no hizo otra cosa que empeorar… La pena es que alguien tenga que pasar por todo eso para darse cuenta de que, lamentablemente, un problema de dolor es algo que no todos entienden (por no decir que solo algunos pocos) o, lo que es peor, hay quienes sin tener idea deciden establecer diagnósticos que solo consiguen dificultar todavía más la posible mejora del paciente. Pero lo que me da más pena todavía es que una persona con un problema de salud tan grave como lo es el dolor, se vea tan desesperada que decida recurrir a esos ‘dioses de la medicina’ de los que todo el mundo habla y que, en ocasiones, no son más que personas que dicen poseer la verdad absoluta en terrenos que no saben ni por dónde tirar.

Sin embargo, también existen verdaderos profesionales que intentaron hacer lo posible por ayudarme o, al menos, trataron de no perjudicarme. Hablo de personas en el terreno de la fisioterapia, la psicología o, más recientemente, también en el caso de médicos que sí merecen tener ese título y que, todos ellos, sin pretensión alguna de ponerse medallas, se volcaron en su trabajo: AYUDAR a un paciente. Por todo ello considero de gran importancia que, cuando una persona tiene un problema de salud, tiene la obligación de contrastar opiniones, de preguntar con énfasis durante las consultas, de valorar si lo que a uno le dicen tiene una coherencia lógica dentro del proceso de su mejora y, sobre todo, un paciente tiene la obligación de tomar una postura activa en su recuperación.

 

Yo aguanté mucho mientras que mis fuertes dolores persistían con la inquebrantable habilidad de arruinar cada instante de mi vida, pero con el tiempo fui aprendiendo que tener dolor no significaba ‘nada malo’ por sí solo, que no implicaba nada más que tener que soportar esa circunstancia, y que yo ‘estaba bien’. Claro está, era un ‘estar bien’ muy relativo porque yo sentía cómo el dolor me limitaba y me impedía ser una ‘persona normal’… Estuve mucho tiempo sin apenas poder andar, percibiendo cada paso como un verdadero infierno, sin poder hacer planes que en aquel entonces correspondían a un chico de 21 años, sin poder dormir, en definitiva, sin poder vivir. Ahora que he comentado eso de no poder dormir, también escribí algo a ese respecto; seguro que, por desgracia, muchos sienten como propios cada uno de los siguientes versos…

 

Muy difícil se hace todo

si uno no concilia el sueño.

¡Qué importante es dormir!

Y qué poco logro hacerlo…

Horas largas, cielo negro,

un mañana muy oscuro,

¡un segundo se hace eterno!

¡más minutos, más infierno!

Qué adorable es el silencio

y qué absurdo se hace el tiempo,

qué bonito si amanece

y yo sigo en el intento…

 

Tengo que decir que, a pesar de todo, yo siempre estuve convencido de que lo mucho que estaba padeciendo no era para mí, que yo no estaba en la vida para llevar esa condena provocada por el dolor, que tenía muchas ilusiones y muchas metas que conseguir. No obstante, también tuve momentos en que veía que no podía más, sentía que mi cuerpo no podía seguir soportando tanto dolor y llegué a pensar que tarde o temprano acabaría desquiciado o envenenado por tomar analgésicos de forma irracional (los cuales me ayudaban más bien poco). Pero ¿sabéis qué? En esos momentos en que me sentía en un pozo sin fondo, gritando sin parar y sin encontrar a nadie que pudiera echarme una cuerda para salir de él, me venían a la cabeza personas que estaban a mi lado (pareja, familia, amigos) o gente que había aparecido en mi vida de forma puntual (profesionales que se habían tomado en serio mi caso, simples conocidos que realmente me tenían en mente y deseaban con todas sus fuerzas que me recuperara, etc.) y pensando en todos ellos caía en la cuenta de que muchos estaban sufriendo tremendamente por verme destrozado de dolor, otros no dejaban de confiar en que un día me recuperaría, otros tantos habían intentado ayudarme de cualquier modo… De manera que, por muy mal que estuviera, llegaba a concluir que a todos ellos les debía el respeto de no tirar la toalla, todos ellos merecían que un día me pusiera delante de sus ojos y me vieran de nuevo andar, correr, saltar, me vieran sonreír de verdad, vivir de verdad. Aunque, por encima de todo, ganar la batalla al dolor os lo debéis a vosotros mismos: no podéis permitir que un dolor acapare todo lo que sois y significáis, cada uno de vosotros, como personas. Pero también es verdad que hay veces, días, meses, en que los umbrales de dolor son tan inmensamente desmesurados que uno no puede ni encontrarse a sí mismo y es entonces cuando hay que tirar de los demás.

Estoy seguro de que si os ponéis a pensar, vosotros también tendréis gente en vuestra vida que os haya intentado ayudar, que no deja de creer en que un día estaréis curados, que desea intensamente que volváis a ser los que erais antes de que el dolor emborronara vuestro día a día; pero, por si acaso, quiero deciros que el que escribe estas letras confía y tiene fe ciega en vosotros. Aunque no os conozca, sé que un día llegaréis a estar bien… ¿por qué? Porque yo llegué a pensar que mi vida se acababa y que no saldría de eso y, al final, lo he conseguido. Os aseguro que yo no soy más que nadie y si yo he podido, vosotros también.

Tal vez a alguien que esté leyendo este escrito se le pueda pasar por la cabeza algo como: ‘Claro, ese chico ya está curado y, cuando uno está bien, es muy fácil hablar…’. Pues bien, tengo que deciros que no, no estoy curado del todo: aun padezco dolores cuando hago ‘más de la cuenta’, todavía no puedo andar con normalidad, ni bajar escaleras, ni correr para evitar perder el autobús, etc. Pero lo que sí he dejado atrás es esa otra sensación de dolor inhumano que me estaba asesinando, ahora me siento con fuerzas de seguir luchando por mi recuperación y estoy cargado de positividad, porque es cierto eso de que TODO PASA. Así que ¡ÁNIMO A TODOS!, tomad los consejos de los verdaderos profesionales y desechad todo lo que digan aquellos que no saben ni de qué hablan (por mucho despacho que tengan cargado de medallas, por mucha bata que lleven o por mucha consulta lujosa que presenten). ¡NO DUDÉIS NUNCA DE QUE OS VAIS A CURAR! Yo siempre digo que aquello que viene sin que lo inviten, se va sin que lo echen.